El comedor Farmhouse existe con un único propósito: reunir a las personas alrededor de la mesa. Todo en la estancia contribuye a ese objetivo: una mesa grande y sólida capaz de acoger una cena navideña para doce, asientos que combinan sillas y bancos para que quepan todos, y una iluminación que crea un cálido dosel sobre la reunión. Aquí no hay pretensiones, ni vajilla de lujo detrás de un cristal ni sillas demasiado delicadas para usarse. Es una habitación concebida para comer, conversar y alargar la sobremesa.
La mesa es la indiscutible protagonista: un grueso tablero de roble o pino macizo sobre una base de caballete, con un acabado en aceite mate que muestra la veta y envejece con cada comida que se sirve sobre él. Las sillas Windsor ocupan un lado, un banco de madera el otro, y dos sillas tapizadas anclan las cabeceras. Sobre ellas, una araña de farol de hierro o una lámpara de bolas de madera cuelga lo suficientemente baja para crear intimidad sin cortar las miradas a través de la mesa.
El aparador junto a la pared del fondo guarda platos de gres, servilletas de lino y unas velas en portavelas de hierro forjado, listos para poner la mesa en cualquier momento. Un camino de lino por el centro, una jarra de gres con ramas del jardín y el cálido resplandor de las velas al caer la noche: estos rituales sencillos que se repiten una y otra vez son la esencia del comedor Farmhouse. La estancia no tiene que ser grande ni estar equipada con muebles costosos; simplemente tiene que hacer sentir bienvenida a la gente.























